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De los muchos recuerdos que tengo de la Luis Ángel Arango quizá los más vívidos son los de 1990, cuando iba todos los días a leer, pero me gastaba más de una hora haciendo fila tras unos chiquillos uniformados. Era una tragedia porque los niños mal usaban el computador, preguntaban a los de atrás y jamás estaban seguros de qué rayos estaban buscando. Al comienzo me moría de la rabia y el afán, pero esperaba estoico mi turno.
Un buen día, harto de hacer la cola, salí de la biblioteca a fumar y esperar que la hora pico de escolares pasara. Me recosté en una volqueta en la calle 11 arriba de la cuarta durante más de media hora. Y luego regresé. Efectivamente el trancón de colegiales había pasado, pude pedir mis libros con rapidez y me quedé leyendo en el cuarto piso hasta la una de la tarde. Cuando salí un avispero de policías tenía acordonada la zona, mientras un escuadrón especializado desactivaba una bomba. Y la bomba estaba justamente en la volqueta aquella de la calle 11.
Me quedé pensando muchísimas cosas. Sobre todo qué hubiera pasado si hubiese estallado aquella cosa en ese lugar. Quizá el lugar más sagrado de la ciudad: lleno de libros y lectores; y muchachos universitarios y colegiales. Me quedé pensando en el profundo daño que hubieran causado aquellos maleantes. Y en el tipo de maleante capaz de poner una bomba en una biblioteca.
La noticia pasó rápidamente en las noticias de las siete, por fortuna. De lo contrario hubiera habido una evasión de lectores tremenda. Y las directivas de la Biblioteca se hubieran visto a gatas para recuperar la fe de sus asistentes.
Luego de ese día, por supuesto seguí yendo a leer. Pero ya no peleaba en silencio con los escolares. Decidí convertirme en un asesor ad honoren de los chiquillos que querían información. Y mi espera de turno me lo pasaba siempre junto al computador explicando cómo funcionaba y tratando de aconsejarle a los chiquillos mejores rutas de búsqueda para sus tareas.
Aquella amenaza de bomba hizo mis días de biblioteca un asunto más dichoso. Fue la primera y única bomba alegre de aquellos tiempos.
Recuerdo de la Biblioteca el vídeo donde salía el mimo de un programa de televisión que se llamaba la “Brújula mágica”, con su perro imaginario explicando como buscar los libros en la biblioteca.
Tengo dos recuerdos muy gratos de la Luis Ángel, por allá a finales de los 70s, cuando era estudiante universitario. En la sala de música me leí en tres días frenéticos Rojo y negro, de Stendhal, una de las novelas más bellas que conozco. Inolvidable en mi memoria esa sala, con un cuadro del maestro Antonio Roda. Y en la biblioteca, por azar, descubrí un poeta extraordinario del que nunca antes había oído hablar: Fernando Pessoa. Aunque este último es un recuerdo agridulce: cada 5 minutos venía un guardia a decirme que no podía separar el libro de la mesa. Me sentía leyendo al lado de un policía. Y uno tercero, más reciente, de hace 2 años, en la sala de conciertos, un domingo en la mañana. Escuché a un grupo norteamericano de Gospel. Qué felicidad. Fue como si en verdad Dios existiera.
