1991. Recuerdo la música de Ravel y de Satie en la casi penumbra de la sala de música, cerca de los pianos y las partituras en “alquiler”. Recuerdo la lectura deliciosa de Ambrose Bierce, de Leo Maslíah, de Mario Vargas Llosa, y de los libros mil veces manoseados de los Caligramas de Guillaume Apollinaire. Y recuerdo en especial mi soledad. Esa soledad de joven de provincia que sale de su casa a estudiar a la capital y que se encuentra con la dicha y el placer de estar solo para poder ir a disfrutar de las muchas delicias ofrecidas por la Biblioteca Luis ángel Arango. Sí.

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