Recuerdo los muebles de los ficheros colocados contras las paredes de las salas. Los cajones profundos con las fichas plastificadas nos permitían perseguir los libros de tema en tema, de autor en autor. En ocasiones se sentaba uno en la mullida alfombra con un cajón del fichero sobre las piernas buscando controlar por instantes una sección de la biblioteca que otros usuarios disputaban. Eramos muchos jóvenes persiguiendo libros y llenando formularios que luego serían devorados por los pequeños ascensores que tienen el privilegio de bajar hasta los misteriosos depósitos de libros.

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