Son muchos los recuerdos especiales que tengo de la BLAA, pero me centraré en los que tuvieron un especial impacto en mí. Mi primer grato recuerdo fue hace muchos años cuando estaba en grado noveno o décimo en el colegio y mi profesora de Historia del Arte nos llevó al entonces Museo de Arte Religioso a ver una exposición con obras de Peter Paul Rubens. Todavía recuerdo mi emoción de niña de 14 o 15 años al estar frente a estos cuadros enormes que retrataban a unas mujeres blanquísimas, desnudas y voluptuosas sobre mantos de terciopelo rojo. Mi recuerdo está todavía plagado de ese rojo y de esa sensación de querer tocar esos cuadros. Hoy en día creo que esa sensación indescriptible condicionó no solo mi amor por el arte sino por los pintores flamencos.
Otro de mis más especiales recuerdos de la BLAA es el de haber podido conocer y escuchar a Jordi Savall, Montserrat Figueras y sus agrupaciones Hesperion XXI y Capella Reial de Cataluña en su maravillosa sala de conciertos, además de otros conciertos más, organizados en el Teatro Colón y en el Jorge Eliécer Gaitán. En febrero de 2006, en la conmemoración de los 40 años de la sala de conciertos, tuve el enorme privilegio de que el mismísimo Jordi Savall me autografiara sus últimos discos y, encima de todo, ¡me diera un beso en la mejilla! Ese día estaba caminando cinco centímetros por encima del piso.
Por último (y para no extenderme más porque ahora que empecé traer estos gratos recuerdos a mi memoria siento que podría enumerar mil), en la BLAA tuve la oportunidad de escuchar a algunos de mis escritores portugueses favoritos como José Saramago y Antonio Lobo Antunes. Sin contar con que Saramago me dio también un autógrafo y un beso en uno de los pasillos de la BLAA…

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