Mi memoria no es tan buena, pero recuerdo la primera vez que fui a La Luis Ángel en bachillerato por una investigación del colegio. Entré en la Sala General (eso debió ser por allá a comienzos de los 80) y quedé impresionado por la luz, la arquitectura y el silencio del lugar. Me pareció enorme, casi impersonal; y a la vez extrañamente cálido. Me la pasé mirando a la gente y a los demás estudiantes de colegio ir y venir y mirar también a los otros, en silencio o hablando en susurros. Me llamaban mucho la atención los que como yo estábamos con la sudadera del colegio y andaban siempre en grupo, como jóvenes deportistas en un raro evento intercolegiado: “Pasarse el libro”, o algo así. Hablamos sobre el peor uniforme de gimnasia y creo que resultó ser el nuestro. Recuerdo entre otras cosas haber pensado: “Mente sana en cuerpo sano”, mientras espiábamos a las niñas del Carmelo. Más tarde me enteré que la mayoría de colegiales que usaban la Biblioteca Luis Ángel Arango iban en plan de cuadre, a buscar pareja, a coquetear. Me pareció completamente natural, un valor agregado (de amor y deseo) revitalizante. Como yo era un “nerdo” pues nunca iba en plan de conquista; pero no dejaba de fantasear con que una niña divina se sentase a mi lado y me pidiera un “esfero de sobra” o algo así. Lo segundo que recuerdo gratamente de la Luis Ángel, fue la exposición Anteamérica. Me impactó sobremanera. Yo estaba recién salido de la universidad y la visité mil veces. Estupenda curaduría, estupenda muestra. Otro revitalizante cultural inolvidable. Quizás la recuerdo tanto además, por una linda guía que nunca se acercó a explicarme nada. Ah, tiempos aquellos!!!

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