Siempre es bueno saber que durante 50 años ha existido un espacio abierto a todos los que, primero, no encontramos en casa los libros necesarios para hacer una tarea, y luego, volvemos simplemente para inventarnos a nosotros mismos mientras descubrimos la historia de la humanidad a través de las artes.
Yo recuerdo la primera vez que fui. Estaba en tercer grado de primaria y debía hacer una tarea sobre la historia de los números. Como la enciclopedia de mi casa no alcanzaba para conocer la historia de los números, le pedí a mi mamá que me llevara a la Luis Ángel Arango. Ella mandó a un hermano, 8 años mayor que yo, a que me acompañara. Recuerdo que cuando entré me dio miedo de perderme y me aferré a la mano de mi hermano que en ese momento se convirtió en mi línea de vida. El me ayudó a buscar y pedir los libros. Yo, aún temerosa, me senté en una mesa a esperar; mientras tanto, veía desde por la ventana la ciudad lluviosa, la gente que entraba y salía, los libros en los estantes de las paredes, y entre todo ello, siempre volvía la mirada hacia la espalda de mi hermano. Cuando él por fin se acercó, trayendo entre sus brazos los libros que habíamos pedido, era como si trajese consigo una manta cálida que me confortaría inmediatamente. Abrí cada uno de aquellos maravillosos libros que apenas si cabían entre mis brazos, se me olvidó todo, hasta que estaba con mi hermano y transcurrieron horas mientras yo miraba aquellas páginas llenas de historia. Recuerdo que me embargó un a sensación de paz y tranquilidad total durante aquellas horas. Volví a darme cuenta de dónde estaba, cuando mi hermano de un grito me dijo que era tardísimo que debíamos irnos de inmediato porque iban a cerrar. Yo no lo podía creer. Acaso ha pasado tanto tiempo, pensé, mientras mi hermano me llevaba del brazo hacia la salida. Yo solo decía que no había terminado la tarea y debíamos volver.
Ni mi mamá, ni mi hermano me volvieron a llevar para terminar la tarea, sin embargo, yo sabía que en cuanto pudiese volvería. Eso ocurrió varios años después, cuando estaba cursando tercer año de secundaria y fui con un grupo de amigas de colegio. Desde ese regreso hasta hoy, cada vez que llego y empiezo a ver los libros, los videos, las exposiciones de arte, o lo que sea, simplemente me ocurre lo mismo, me dejo llevar hasta perder la noción del tiempo, tal y como me pasó la primera vez que fui a la Biblioteca Luis Ángel Arango.

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