Recuerdo muchas cosas bonitas de la BLAA ya que mi papá trabajaba en el Banco de la República y los fines de semana hacía horas extras allí. Recuerdo que siendo muy niños, usualmente ibamos con mi hermano a consultar libros y hacer tareas, y mi papá nos colaboraba ahorrándonos la fila tan extensa que había que hacer normalemente un Sábado o un Domingo.
Realmente el servicio era otra cosa muy distinta a lo que es ahora. Recuerdo con especial detalle el pequeño ascensor que se utilizaba para bajar los libros que los lectores entregaban y para subir los que se estaban solicitando. Recuerdo que había unas mesas grandes con números en los que las personas debían ubircarse de acuerdo a la ficha que se entregaba a la entrada de la biblioteca, y que los funcionarios (incluido mi papá), estaban muy pendientes de retirar a quien se sentaba en el puesto que no le correspondía. Normalmente uno trataba de sentarse al lado de un compañero de colegio para poder charlar mientras llegaba el libro a la mesa. Era muy raro no salir regañado por estar hablando. Pero en general la gente de la biblioteca era muy amable y siempre estaba atenta a colaborar cuando no se conseguía la información que se buscaba.
También recuerdo una situación muy desafortunada que ocurrió una tarde: la fila para tomar fotocopias era también muy larga y la gente se cansaba por que debía estar de pie mucho tiempo y por eso preferían sentarse en el piso. Esa tarde llegaron dos agentes de policía y se llevaron por la fuerza a tres o cuatro personas que estaban sentadas, argumentando que se veía muy feo que lo hicieran.

Anuncios