Tengo recuerdos muy gratos de mi descubrimiento de la Sala de Conciertos de la BLAA a finales de los años 80. Yo tenía 15 años y la posibilidad de escuchar música de cámara en vivo cada semana era como un sueño. Recuerdo mucho al maestro Otto De Greiff sentado en las primeras filas. Como yo pagaba boletas de estudiante me tocaba sentarme en un puesto lateral atrás, de modo que para mi don Otto fue siempre esa cabecita calva que uno veía a lo lejos, adelante. Nunca me acerqué a hablarle porque era muy tímido. Pero claro, leyéndolo me pude acercar mucho a él. Todos esos recuerdos tienen que ver con esa primera época. Hoy todavía me sigue maravillando la acústica de esa sala. A ese escenario le debo varios momentos de felicidad: un ciclo completo de las sonatas para piano y violonchelo de Beethoven y varios recitales de música antigua.

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