La Biblioteca Luis Ángel Arango está en mis recuerdos porque en ella, en su sala de lectura infantil, pasaba tardes encantadoras con mis hermanas, cuando apenas tenía seis o siete años. Mi madre nos llevaba mientras atendía diligencias en el centro de la ciudad, y nosotros recorríamos estantes buscando cada vez una nueva maravilla en libros de aventuras y en enciclopedias. A veces, tener que interrumpir una lectura era lo peor que podía ocurrir…

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