Desde pequeña oía con frecuencia el nombre de Luis Angel Arango, era el papá de mi tía política Clara, o Clarita como le decíamos con cariño. La primera vez que fui a la Biblioteca tenía 17 años, cursaba once grado y tenía que buscar información sobre el filósofo Helvetius para un foro en el colegio. Recuerdo mucho la sala de Referencia, la cantidad de gente y las filas para sacar unas copias. Fue una tarde de sábado agitada en la que mis compañeras y yo encontramos lo que habíamos ido a buscar pero yo aún no sabía la importancia que la Biblioteca iba a tener en mi vida y todo lo que me iba a enseñar.
Me volví visitante asidua cuando comencé mis estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Los Andes y el plan era salir de clase e irme caminando por las calles de La Candelaria hasta la Biblioteca. Allí buscaba en los ficheros, llenaba el papel con la información del libro que necesitaba, se lo pasaba al encargado y me sentaba en la enorme Sala General que tenía vidrios en lso techos a esperar. Miraba el ascensor que subía y bajaba con los libros y me imaginaba cómo sería ese mundo subterráneo, ese mundo oculto a los ojos de nosotros los usuarios, millones de libros bajo mis pies y sin embargo una milésima parte del conocimiento. Me imaginaba la biblioteca descrita por Umberto Eco en “El nombre de la Rosa”, oscura, llena de msiterios y laberintos. Volvía a la realidad cuando anunciaban en un tablero a mano la llegada de mi libro: Borges, Tagore, Shakespeare…
La Biblioteca cerró durante año y medio para remodelación y ampliación y sentí como si una gran amiga se hubiera ido lejos, cómo la extrañé. Luego se me presentó la oportunidad de entrar a trabajar allí. Mi cargo era Operador de Colecciones y mi sueldo 53.333 pesos. Fue mi primer empleo y recuerdo mi primer día a pesar de los casi 18 años que han transcurrido desde entonces. Sentí emoción por estar entre libros que es lo que más me gusta y decepción al comprobar que los depósitos subterráneos en los que se guardaban las colecciones estaban lejos parecerse a las descripciones de Eco.
Tengo tantos recuerdos de los cinco años que trabajé allí que sólo menciono algunos: la vez que la Jefe de Servicios le mostraba la Biblioteca recién inagurada a unas personalidades y me pilló durmiendo en la Sala de Audiovisuales que aún no se abría al público; la niña de seis años que me hizo una pregunta sobre ingeniería nuclear; los loquitos de la sala de humanidades; cuando comimos pollo asado en el depósito y obviamente nos pillaron; los besos furtivos detrás de los estantes con mi novio que trabajaba en el depósito de enfrente; los sin tocayo que dejaban la cédula en los casilleros; las plaquetas verdes para señalar cuando un libro se iba a las salas; las papeletas que imprimía la impresora de punto; las cajas rojas dónde iban y venían los libros; tantos buenos compañeros; los inventarios con listado en diciembre; la avalancha de trabajo en semana santa; los pesados uniformes de paño….y mil cosas más.
Hoy digo orgullosa que mi profesión es Filósofa bibliotecaria pues casi toda mi vida laboral la he desarrollado en bibliotecas y todo comenzó hace muchos años en la Luis Angel una tarde de finales de mayo.

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