A finales de los años ochenta yo vivía en la Calle Novena con la Carrera Tercera, en La Candelaria. Estudiaba literatura en la Universidad Javeriana, me había ido ido de mi casa y había perdido todos los privilegios de mi clase. No tenía un centavo. Como es apenas obvio, no podía comprar libros ni hacer una biblioteca. Por fortuna, a dos cuadras estaba la Luis Ángel, que fue mi salvación. Recuerdo haber pasado en esa edificación días enteros leyendo, consultando, tomando notas. Días entre semana, festivos, sábados, domingos… Los porteros me saludaban, los empleados que prestaban los libros me anunciaban a veces que ya iban a cerrar la biblioteca… Más tarde, durante mi tesis, la escribí prácticamente en la biblioteca: trabajaba a mano y luego pasaba a máquina el texto (no había computadores entonces). Todavía hoy en día paso frente a ella y los recuerdos me llegan por montones: páginas, personajes, ideas, descubrimientos… Lo único que no logré fue conseguirme una novia. Soñé siempre con hablarle a alguna de las lectoras, pero nunca me atreví. Me daba vergüenza pasar por un joven ligero. Así que las vigilaba desde los libros que leía y soñaba con ellas. Más de la mitad de mi juventud descansa entre esas cuatro paredes. Quizás la mitad más feliz.

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