Aún siento el olor del tinto que disfrutábamos en el portón de los libros. Los que no disponíamos de una sala de estudio cómoda en casa encontrábamos allí una excelente alternativa porque además del estudio contábamos con deliciosas alternativas como el ya añorado tinto gratis y los conciertos a los que religiosamente acudíamos. Otro recuerdo, no tan grato eran los ficheros de madera que albergaban las fichas bibliográficas de las cuales dependía nuestra supervivencia académica. En más de una oportunidad sentí naufragar pues algún lector afanado había arrancado justo la del libro que yo quería consultar.
En fin, creo que para mi generación, la Luis Ángel Arango hace parte de nuestra memoria colectiva de la que nos sentimos orgullosos.

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