Mi recuerdo de la BLAA se remonta a finales de los años sesenta, cuando la conocí. La cordial atención que reñía con la idea que tenía de las Bibliotecas como sitios en donde regañan mucho fue la razón por la que me hice clienta habitual y fiel. Las mesas largas y la mezcla de personas de distintas edades, tamaños y colores me encantaban porque rompían con mi rutina.

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