Durante el primer semestre de 1986 me pasé a vivir al siglo XIX en la Biblioteca Luis Ángel Arango, con el fin de preparar la exposición Colombia 1886 con la que se conmemoró el centenario de la constitución colombiana. De esos frenéticos meses no puedo olvidar la permanente emoción del descubrimiento de libros, manuscritos, periódicos e imágenes. Y las escapadas a la bóveda de libros a curiosear los mayores tesoros. A lo largo de los siguientes años tales emociones y delicias se han repetido con la colección de arte, con el Museo del Oro, con las conmovedoras pinturas y dibujos de Fídolo González Camargo y con la espléndida donación Botero. Doy fe entonces de que es cierta la idea borgiana de que el paraíso es una biblioteca.

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