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Donde a hurtadillas leía con mucho sigilo las técnicas de mi afición que era el billar mientras esperaba la hora de escuchar en esa magnífca sala de música a los “jóvenes intérpretes”.

Recuerdo especialmente que las salas de lectura parecian una colmena con tantos(as) personas tan diferentes,,,, es un espacio donde cualquiera puede integrarse y refugiarse en el conocimiento… Que nos permite escapar de los problemas del diario vivir y encontrar miles de respuestas a cualquier pregunta que ronde por la cabeza inquietante de quien siempre se pregunta el por qué de las cosas….

Recuerdos de la BLAA hay muchos, enumero algunos:
1. La primera vez que entré a la biblioteca y experimenté el espacio del hall de las salas de lectura en 1994.
2. La primera vez que entré a la hemeroteca y vi la bóveda con los tragaluces fue muy especial.
3. La primera visita la Museo Botero y las veces sucesivas que he llevado visitantes de otras tierras y poder sentirme libre de ir cuantas veces quiera a observar la colección internacional del segundo piso y a reconocer matices de nuestro país a través de la obra de Fernando Botero.
4. Poder ir a ver la colección de arte colombiano del siglo XX en la Casa de la Moneda y encontrarse de frente con la obra de diferentes períodos de artistas como Rayo, Negret, Botero, Ramírez Villamizar.
5. Experimentar ese maravillos edificio del arq. Triana que es el Museo de Arte y recorrer las exposiciones temporales y permanentes y viajar en el tiempo a través de la manzana, pasando por el Museo Botero y llegando a la Casa de la Moneda, con el cielo y los cerros de telón de fondo.
6. La exposición de Fantasmagoria del 2007.
7. Ir a la casa Gómez Campuzano y ver la obra de un pintor desarrollada a través de la mirada del padre en torno al crecimiento de su familia, y sentir, como es excepcional, el amor máximo en una pintura y compartir a través de su obra el amor por la familia.
Vale la pena invertir la pregunta, ¿cuándo no quedó un recuerdo grato luego de visitar la BLAA?
Gracias por tan entrañable conjunto cultural.

Tengo dos recuerdos muy gratos de la Luis Ángel, por allá a finales de los 70s, cuando era estudiante universitario. En la sala de música me leí en tres días frenéticos Rojo y negro, de Stendhal, una de las novelas más bellas que conozco. Inolvidable en mi memoria esa sala, con un cuadro del maestro Antonio Roda. Y en la biblioteca, por azar, descubrí un poeta extraordinario del que nunca antes había oído hablar: Fernando Pessoa. Aunque este último es un recuerdo agridulce: cada 5 minutos venía un guardia a decirme que no podía separar el libro de la mesa. Me sentía leyendo al lado de un policía. Y uno tercero, más reciente, de hace 2 años, en la sala de conciertos, un domingo en la mañana. Escuché a un grupo norteamericano de Gospel. Qué felicidad. Fue como si en verdad Dios existiera.

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